Responsabilidad del ser humano en la era de la inteligencia artificial

Responsabilidad del ser humano en la era de la inteligencia artificial

Responsabilidad del ser humano en la era de la inteligencia artificial

Responsabilidad del ser humano en la era de la inteligencia artificial

Por: Nicolás Riera

Vivimos en una época en que una gran parte del contenido que nos llega, como un artículo, un informe corporativo, una ilustración, una melodía; ha sido generado, parcial o totalmente, por una Inteligencia Artificial. Este no es un fenómeno que ocurre de manera aislada, ya que actualmente se encuentra instalado en el centro de la productividad profesional y comunicacional de nuestro tiempo. Sin embargo, algo esencial permanece invisible en ese proceso: la pregunta de quién responde cuando algo sale mal, o simplemente cuando algo es falso, mediocre o dañino. 


Lo visible y lo oculto 

El primer síntoma del problema es que el contenido que es generado por la inteligencia artificial, con el grado de desarrollo actual, no es fácilmente reconocible como tal para el lector o consumidor final. El problema es que la autoría de esa información sigue, técnicamente, siendo humana. La cara visible sigue siendo la de una persona o una institución, pero la autoría real, la inteligencia artificial que estructuró el argumento, seleccionó los datos y formuló la recomendación, no lo es. 

Este desplazamiento no sería problemático si las inteligencias artificiales fueran infalibles, pero, como ya hemos visto hasta ahora, estas no lo son. En 2023, la consultora Deloitte protagonizó uno de los casos más ilustrativos de esta nueva era: un informe entregado a un cliente contenía información factualmente incorrecta, generada por un modelo de lenguaje sin la debida revisión humana. El informe tenía el peso institucional de una de las firmas de consultoría más grandes del mundo; tenía el formato, la presentación y la firma de profesionales. Pero su contenido era, en parte, una invención fluida y convincente, lo que en el “mundo” de la inteligencia artificial se conoce como alucinación: una respuesta coherente en forma, falsa en fondo y sin sustento real. 

El caso Deloitte no es una anécdota que deba pasar desapercibida, es un síntoma de una lógica que se está instalando de manera silenciosa en las empresas de todo el mundo: delegar la producción intelectual en herramientas que no comprenden, que no verifican, que no asumen ni deberían tener consecuencias. Y cuando algo falla, la pregunta de la responsabilidad queda flotando en un espacio incómodo entre el humano que no revisó y firmó y la máquina que escribió. 


 La responsabilidad debe ser una práctica, no una firma al final de un documento 

La responsabilidad que tenemos como profesionales no es simplemente poner el nombre al final de un documento, tenemos a cargo un proceso completo: comprender lo que se produce, verificar su veracidad, evaluar sus consecuencias, y sostener la autoría de manera plena a pesar de utilizar inteligencia artificial. Cuando ese proceso se delega en un sistema automatizado, la firma deja de ser garantía de la veracidad del documento. 

Lo que está ocurriendo en muchas organizaciones es una reconfiguración invisible del trabajo, la inteligencia artificial produce, el humano aprueba. Pero aprobar no es lo mismo que entender, firmar no es lo mismo que saber y en esa distancia se instala un riesgo que no es solo técnico, sino ético y civil: el de un tipo de profesional que presenta como propio aquello que no comprende del todo, y que por lo tanto no puede defender, corregir ni mejorar cuando es necesario. 

No se trata de prohibir el uso de herramientas de inteligencia artificial en el trabajo; se trata de establecer con claridad que el uso de esas herramientas no quita la responsabilidad de quien las utiliza. Por ejemplo, un abogado que presenta un escrito generado por un modelo de lenguaje sin revisarlo es tan responsable del contenido como si lo hubiera escrito él mismo. Un médico que usa un sistema de apoyo al diagnóstico sin ejercer su propio juicio clínico no puede escudarse en el algoritmo si el diagnóstico es erróneo. La herramienta no tiene responsabilidad. El profesional, sí. 

El problema es que los marcos legales, institucionales y culturales que actualmente tenemos en el país no han absorbido esta realidad, ya que las organizaciones adoptan herramientas de inteligencia artificial con velocidad y de manera casi obligatoria para mantenerse competitivas, pero los protocolos de revisión y verificación siguen siendo los mismos que existían antes de ellas, o simplemente no existen. Hay una asimetría peligrosa entre la velocidad de la adopción y la lentitud de la responsabilización. 


El desdibujamiento del límite 

Lo que ilustra el caso Deloitte no es solo un error técnico: es el ejemplo de una lógica que se está instalando de manera silenciosa en la mayoría de las organizaciones. El límite entre lo que produce un ser humano y lo que produce una máquina está siendo borrado, no solo en la práctica, sino en la conciencia colectiva. Nos estamos acostumbrando a consumir, firmar y presentar como propio aquello que no lo es del todo y en aquello hay una renuncia que todavía no hemos nombrado con claridad. 

No es una renuncia a la eficiencia, es una renuncia a la responsabilidad y a aquello que nos dio una identidad como profesionales. 

El argumento de la eficiencia es real y no debe desestimarse, ya que la inteligencia artificial permite hacer más en menos tiempo y facilita el acceso a herramientas que antes requerían años de formación. Eso tiene valor, pero ese valor no puede pagarse con hacer caso omiso de la autoría humana ni con la eliminación de la cadena de responsabilidad. Usar una herramienta que aumenta la capacidad humana es una cosa, pero sustituir nuestra capacidad humana de juzgar, verificar y responder es otra completamente distinta. 


Lo que debemos recuperar 

Lo que está en juego no es la relevancia de ninguna profesión en particular, sino algo más fundamental: la idea de que nosotros somos los responsables de lo que producimos, y de que esa responsabilidad no puede delegarse indefinidamente en una herramienta que no comprende, no verifica y no responde ante nadie. 

Lo que aún nos falta, es distinguir cuándo estamos usando una herramienta para ser mejores en lo que hacemos, y cuándo estamos usando una herramienta para evitar tener que hacerlo nosotros. 

El límite entre esas dos aristas es el que no debe desdibujarse. No necesariamente por romanticismo o por un amor hacia aquello que hemos creado, sino porque en ese límite vive algo que nos define como especie: la capacidad de responder, ante los demás y ante nosotros mismos, por lo que ponemos en el mundo. 

Las consecuencias de borrar ese límite no son solo jurídicas o estéticas. Son antropológicas y ya están ocurriendo en distintos lugares del mundo al mismo tiempo.